El sueño ha terminado
El escritor Juan Bonilla, haciendo gala de la lucidez que le caracteriza, afirma en el prólogo a Guerra del fin del sueño que la poesía de Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975) “como toda poesía verdadera, nace de una auténtica perplejidad”. En efecto, desde el primer poema, Mario se vale de la experiencia común del despertar tras haber tenido un plácido sueño en el que encontrábamos el amor verdadero, nos tocaba la lotería o el mundo funcionaba a la perfección y todos nuestros pecados eran purgados, para situarnos en lo que ocurre después, cuando la luz penetra en nuestro cuarto y dibuja un interrogante sobre la almohada; no en vano el primer puñado de poemas se titula “Los signos”. Esta parte destaca por las preguntas, a veces retóricas, a veces sin respuesta, que el poeta nos lanza a modo de imprecaciones desde las trincheras de la consciencia.
El campo de batalla se compone de barricadas en barrios parisinos y madres que perfuman el cadáver de sus hijos para embellecer el recuerdo de su ausencia; un preso político que lucha contra sí mismo para poder vencer al enemigo exterior mientras, en el patio de la prisión, un Peter Pan siniestro busca desesperadamente polvo de hadas. El tiempo transcurre y la muerte quita el sonido de la caja tonta, mostrando el dolor que ya nunca será el de los otros.
‘Dream is over’, como en aquella canción de John Lennon, que es uno de los invitados al desfile de la vigilia perpetua junto con Rimbaud, Nietzche, Lowry, Pessoa, Carver, Sexton y varios nombres más que un día se enfrentaron al desastre y decidieron dar un NO a la vida. Suicidas, poli-adictos, marginados… personas que regresan al poema para amarillear el papel en blanco y recordarnos que la voluntad no siempre implica poder, que el precipicio está en nuestro interior. Pero quien mira al vacío y siente vértigo también puede intentar darse la vuelta, regresar a la cama y conjurar el insomnio mediante recetas, como el heroinómano que nos extorsiona cada vez que aparcamos en zona azul. O quizá seguir adelante, bajar la guardia y golpearse contra sí mismo, escrutar el paisaje lunar en el que se demora ya nuestra vida en busca de algunas certezas, promesas de supervivencia esculpidas en hielo.
Guerra del fin del sueño es un poemario intenso, desnudo, con un ritmo marcado y muy medido. Las imágenes se suceden con precisión quirúrgica y las metáforas se abren a media luz para explotar dentro del lector, buscando el fogonazo que irrita los ojos y nos obliga a frotarnos los párpados para verlo todo con mayor claridad. Un libro coherente, honesto con el fondo y la forma. Desde los versos que lo componen, Mario Cuenca nos mira a los ojos sin pestañear recordándonos que el centro del mundo es dolor, y que ese dolor es compartido; advirtiéndonos de que ya es hora de pagar “el haber sido fáciles y la banalidad/con que miramos siempre la violencia”. Porque no hay mayor cómplice que quien mira y no hace nada, oculto tras la barrera de la pantalla de plasma, creyéndose a salvo en su cuarto de estar.
Publicado en el periódico El Día de Córdoba (28/06/2008)
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